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miércoles, 5 de abril de 2006

Los Deberes Humanos

Imagen de El Liberal
Comentario - Por Roberto F. Bertossi / Profesor universitario de grado y posgrado en Derecho Cooperativo. Publicado en El Liberal.

“... es más difícil sólo imaginar la certeza de nuestros derechos si no pensamos siquiera o descuidamos la certeza de nuestros deberes correspondientes !”

Cuánto se ha hablado, cuánto se ha escrito, cuánto se ha actuado, usado y abusado -en más o en menos- en nombre de los derechos humanos, cuánto...Tratados (Art. 75 inc. 22, CN.), Pactos (de San José de Costa Rica), Cartas (de Niza -Unión Europea), etc.

Claro, ¿quién puede comparecer y expedirse sólidamente en contra de los mismos?
Ciertamente, nosotros, no.
Pero, no es menos cierto advertir que a todo derecho corresponde una obligación, un deber; en efecto, conforme el artículo 497 y cc de nuestro Código Civil, a todo derecho personal corresponde una obligación también personal.

No existen derechos absolutos sino sólo conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio, (Art. 14 y cc CN.).
Éste es al fin y al cabo, el correcto ‘talante constitucional’, ésta es la sinalagma contractual social, ética y moral magna.

En nuestro país, por imperio del articulo 8 y cc de la Constitución Nacional, sus habitantes -la población de nuestro territorio-, gozan de todos los derechos, privilegios e inmunidades inherentes al título de ciudadano (Art. 8 y cc CN.).

A partir de nuestra Carta Magna, en cuanto personas humanas, de carne y huesos, se nos otorgan y garantizan todos los derechos esenciales para vivir, convivir y desarrollarse.

Ahora bien, el ejercicio de un derecho propio, o el cumplimiento de una obligación legal no puede constituir como ilícito ningún acto, (Art. 1071 y cc del Código Civil).

De igual modo, toda persona que por cualquier omisión hubiese ocasionado un perjuicio a otra, es responsable en la medida que la ley le impone la obligación de cumplir el hecho omitido.

Entiendo de tal modo que nos introducimos así en el corazón de los derechos y deberes de solidaridad social que tienen que ver con el bienestar de todos los todos del todo social.

Cuando abordamos por caso, el derecho de acceso al agua potable nosotros nos expedimos en considerarlo un derecho humano esencial, el más vital, sólo precedido por el aire.

Pero, ¿cómo deberíamos interpretar en el caso del agua, ese derecho social fundamental?
¿Acaso deberíamos admitir su actual uso irracional, su contaminación impune y su derroche...?

En nuestra perspectiva, toda persona humana tiene derecho a obtener prestaciones y servicios públicos agua potable y saneamiento, de calidad, efectivos para satisfacer sus necesidades y en plazos adecuados así como que tales prestaciones y servicios deberán prestarse mediante métodos y tecnologías modernos, centrados en la satisfacción del ciudadano brindando ayuda -de manera equitativa- a quienes más lo necesiten.

Así lo ha entendido la provincia de Córdoba, más aún, lo ha institucionalizado en la Ley 8.835 (Carta del Ciudadano) al proclamar como “Derechos Genéricos”, en su artículo 4, que todas las personas en la provincia tienen garantizados esos derechos.

Es precisamente aquí cuando debiera aparecer y movilizarnos solidariamente la idea, el concepto y la convicción del deber correlativo a tales derechos.

El deber de un uso racional, el deber de hacer todo lo posible por valorar este recurso natural esencial, de pagar por lo consumido en toda la medida de lo posible, sin perjuicio de instrumentar una tarifa solidaria.

¡No se debe continuar admitiendo y menos aún, justificando un sentimiento menor de responsabilidad pública y privada hacia los excluidos, indigentes y carecientes!

Es preciso que se considere a los situados en esos segmentos sociales -injusta e inequitativamente inmovilizados- brindándoles concretamente la posibilidad de constituirse dignamente en artífices de su propio destino y con todo el alcance y el sentido real de tal acepción y prospectiva.

Es preciso un profundo cambio cultural: la generalización del egoísmo miope de quienes viven satisfechos de su prosperidad e ignoran a quienes han quedado marginados y privados de ayuda para cambiar su suerte y salirse de escenarios de precariedad social que en no pocos casos, han alcanzado grados espantosos de pauperización.

Anestesiarse en estadios de autosatisfacción puede inadvertir consecuencias nefastas, estallidos de violencia urbana, epidemias, pandemias, etc.

Claramente, sin adherir a falsas ilusiones, resulta del todo necesario adoptar medidas apropiadas para revertir -gradual y progresivamente- situaciones semejantes y del tal modo, alguien debe convocar a la reflexión colectiva.

Paradójicamente, contrario a lo que podría suponerse y a lo primero que se recurre ordinariamente -buscar afuera, en los otros-, en esta oportunidad bueno sería tomar conciencia plena, discernir y asumir nuestras obligaciones y deberes consecuentes y complementarios, logrando que derechos y deberes humanos se sostengan y equilibren mutuamente, redefiniéndolos y resignificándoles en cuanto tales.

Nuestro compromiso con nuestros deberes humanos entonces, debe ser tal que, como en este caso del agua -sobre la que se le vaticina como causa de guerras futuras-, nos lleve a actuar mancomunada, fraternal y solidariamente, sacudidos y convencidos ante la contundencia de que: “Siempre la mala paz es mejor que la mejor guerra, (Marco Tulio Cicerón (104-43 a.C.)”.

Y la paz, no es sólo la ausencia de guerras ni la tranquilidad del orden, la paz es, definitivamente, una sabia y leal correspondencia entre derechos y deberes humanos.
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