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Sobre la Democracia.

domingo, 17 de septiembre de 2006

La gambeta que le hace mal al país

Publicado por Oscar Gerez
La Bitácora Inútil de El Liberal

Durante el mundial de fútbol leí algunas explicaciones que los periodistas europeos daban sobre el porqué sus futbolistas no se destacaban en los campos de juego con aquella prodigiosa “habilidad” de la que hacen gala los jugadores argentinos. O brasileños, aunque no nos guste demasiado. Se preguntaban los colegas, el porqué no salen de las canteras alemanas tipos como Maradona, Messi o Ronaldhino, “capaces de en cualquier momento salirse del molde e inventar una genialidad que rompe con las estrategias mejor pensadas de la defensa del equipo contrario”.
La explicación que hallaron es una sola: “Claro, a los nuestros, desde jóvenes, y esto vale para todos los jóvenes no sólo para los futbolistas, les enseñamos a respetar un sinnúmero de reglas, normas y programas que sin dudas los llevan a integrarse a nuestra forma de ver la vida, siempre pensando en el grupo, con un trabajo de equipo en el que cada uno tiene una función y no se aparta de ella”.
Esto hace que cada uno de ellos, quepa en un molde predeterminado en el que está vigente el crecimiento del grupo antes que el de uno solo de sus miembros. No tienen permiso de descollar individualmente sino todo lo contrario. El apego a las normas los hace previsibles, felizmente previsibles como ciudadanos y desgraciadamente previsibles como futbolistas.
No está en su menú de oportunidades romper el molde, infringir la norma o violar las leyes. Los chicos estudian pensando en el futuro de su comunidad, en la disciplina profesional que hace falta no en la que ya existe un gran número de oferentes, que enseguida agotan los puestos de trabajo.
Luego, mirando el “estilo argentino”, podríamos decir nosotros que, al favorecer el individualismo, la falta de apego a las normas y a las leyes, tenemos un tipo de persona capaz de una genialidad en los campos de juego, felizmente para los equipos de fútbol, desgraciadamente para la composición de la ciudadanía.
Se lo puede ver a diario en la conducta que tenemos en las calles, aquí muy poca gente respeta las normas del tránsito, al comando de un vehículo o como simple peatón. Se puede ver también en el manejo de la cosa pública, en la falta de conciencia social, de comunidad o en la ausencia del respeto por los derechos de los otros.
Nuestras “genialidades” se ven a cada rato. Porque en cualquier momento, cualquier conductor, con la “viveza” que nos caracteriza, pasa semáforos en rojo o cambia de carril repentinamente para sacar ventaja. En cualquier momento podemos abrir la puerta del auto y repartir por el suelo al de la moto que quiso pasar a más de 60 kilómetros por hora.
También están las “genialidades” de muchos dirigentes que muestran su argentina destreza para evadir la ley, pisar cabezas con tal de ascender, mentir para gambetear a la justicia o hacer la vista gorda a cambio de favores en especias o en dinero o puestos de trabajo ñoqui para algún miembro de la familia.
Triste “genialidad” la nuestra. Los jóvenes de aquí -muchos de ellos, no todos- ni siquiera están enterados de lo que pasa en su ciudad, en su provincia o en su país. Transitan las aulas de los años de preparatoria a la universidad, con la ley del menor esfuerzo, buscando llegar al 6 aunque tengan la capacidad para el 10, que significa que saben todos los contenidos y que realmente se están preparando para ser personas útiles a la comunidad.
Muchos padres consentimos eso. Fundamentalmente porque así nos criaron a nosotros también. Hay una gran diferencia entre “avivarse” y ser inocentes. Nadie quiere que seamos inocentes, pero no está bien ser el “vivo” que no estudia y aprueba con trampas, el “vivo” que compra votos con vino y sándwiches de mortadela porque no tiene propuestas y tiene plata, el “vivo” que cree que el dinero de los contribuyentes es suyo propio y hace con él a gusto y paladar (total, sabe que nadie lo va a controlar), el “vivo” que cambia las reglas y mata el esfuerzo de los pocos honestos que todavía quedan.
Y así parece que somos nomás. Grandes gambeteadotes en las canchas, pero también en las calles, en las oficinas públicas, en las aulas y en la vida.
Quisiera decirles a los colegas alemanes que deben quedarse tranquilos y satisfechos. Porque, aunque los extremos son malos, a ellos no les va tan mal integrando “equipos” que tiran para el mismo lado como nación. En cambio nosotros tenemos geniales futbolistas en los campos de juego, pero pocos militantes de la honestidad, del amor a la tierra, del apego a la ley. Triste genialidad la nuestra.